Águila Emplumada

Sonidos azules
brotaban suavemente
desde tus pupilas.

Mis fantasías se nutrían
como los polluelos
al atardecer.

Nuestros cuerpos se buscaban
mudos e inexpresivos.

Era como si cada uno
tuviera la obligación
de adivinar.

Nuestros pies desobedientes
finalmente hicieron
el milagro.

Las compuertas de la piel se abrieron
y el milagro ya era posible.

Una brisa de ternura
acompañaba tu mano
por mi cara.

Y mis labios recorrían ansiosos
los rubios sembrados de tu piel.

Mis manos araban en tu espalda
tratando de sembrar
la semilla del amor.

Cascada de cabellos
caía sobre mi rostro,
como el último aliento
de un barco naufragado.

Yo bebía y bebía sin saciarme;
éramos sólo piel cardada
y dispuesta para hilar
los destinos del amor.

 

 

 

 


Hasta que el cielo sereno de tus ojos
se iluminó con el rayo del primer beso.

Acababa de nacer
el árbol del placer incierto.

Suaves y sutiles,
los pétalos de tus labios
dibujaban interrogantes
sobre mi boca.

Congelado por el placer inesperado,
mi ser se estremecía

y te veía ir y venir
como las garzas al atardecer.

Y cuando cobrado el aliento
del primer embate del amor.

Cuando las serpientes de mis manos
decididas avanzaban
en pos de las respuestas.

Cuando decidido estaba
a hacerme con el arcabuz
de eros...

El implacable Faetón
galopaba ya los caballos
de la aurora.

El Águila emplumada
de nuevo tomaba posesión
de sus dominios.

... irremediablemente
había amanecido.

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