Pandora

Cuanto añoro sentir tu cuerpo
de pluma entre mis brazos;
tus labios recorriendo los míos.

Qué umbrosos y fríos son mis días
sin la luz de tu sonrisa.
Qué largos se hacen en la espera
cuánto necesito de nuevo
la aventura de las pecas en tu espalda.

Aún siento el rostro
bañado con el agua
de tus cabellos de fuego;

Aún siento tu cuerpo
tejiendo placer
entre mis brazos.

Como si fuera ayer,
recuerdo el primer botón
de rosa descubierto.

Y el sublime espectáculo
de dos luceros reunidos en tu pecho;
erguidos, desafiantes,
sedientos de infinita ternura,
de caricias sin fin y sin aliento.

Y como los caminantes
que luchan el camino,
yo me abrí camino hacia tu vientre.

Quedó sellada en mi mente con lujuria,
la primera imagen de tu jardín de fuego.

Había descubierto
el tesoro más recóndito,
tu secreto mejor guardado,
que en mis febriles fantasías ya existía.

Esplendor de pétalos reunidos...
imposible era en absoluto,
mirarlos solamente
sin sentirlos en la piel,
sin en ellos zambullirse.

Y heme allí, absorto,
hipnotizado, sin aliento
y sin voluntad.

Irremediablemente atrapado
en la fascinante red
de tus encantos de mujer.

Mi cara, mis labios,
todo mi ser transcurría
por ese encantado bosquesillo.

Hasta que, oh!...
inefable destino;
aquella diminuta flor.

La más hermosa;
de tu pequeño Edén
la más deliciosa.

 



Para todos los sedientos
de este mundo,
oasis de salvación;
el motivo último
del amor de mujer.

La causa de la caricia suprema;
la suprema razón para el beso definitivo;
el punto definitivo donde se unen
pasado, presente y futuro;
placer y displacer.

Y así fue...
todo mi ser bebió y bebió
de tu ambrosía.

Por el aroma de tu sensualidad
hipnotizado, mi mente
vagaba y vagaba explorando
el jardín de tus entrañas.

Con la esperanza infinita
de encontrar tu alma de mujer,
recorrí tu vientre.

Tus botones de rosa
paseando juguetones,
aún siento en mis labios.

La agonía de tus piernas
aún siento.
Tus estertores de placer
y tu piel ardiendo sobre la mía,
aún siento

El palpitar de tu corazón,
melodía que apaciguaba
al niño que llevo dentro de mí.

Definitivamente niña mía,
aprendí la lección de tu cuerpo.

Cada noche el recuerdo
de tu piel me sirve de abrigo;
cuando con tu cuerpo
me duermo en los días de lluvia,
en los soleados días.

Qué locura...
qué infinita locura...
qué deliciosa locura!

En fin niña mía...
hacia el fondo de la sensualidad
viajamos por nuestros cuerpos
aquella tarde;

Creamos un espacio infinito
para que viva la infinita ternura
reconstruimos la piel del amor!
Descubrimos la caja de todos los placeres!

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