Libélula

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El viernes de Mercado

Absorta y completamente embelesada, miraba fijamente esos grandes artilugios que la Naturaleza había construido con un fin alimenticio y que la vendedora de la galería le ofrecía, a mil, a mil la pila, pero que ella, en medio del cúmulo de insatisfacciones y de ansiedades por las que atravesaba en ese momento, acariciaba la idea de llevarlos a casa, como parte del mercado, pero para otro fin mucho más placentero que el de simplemente meterlos en trozos a la boca para masticarlos en medio de la ensalada.

No bien hubo llegado a su casa y, aprovechando que estaba sola, se dedicó a la tarea de preparar uno de los pepinos, el más pequeño, pues se trataba de probar a ver cómo resultaba la experiencia. Lavó con esmero este novedoso instrumento, le quitó cuidadosamente los restos del pedúnculo que aún conservaba y desenfundó un condón que todavía guardaba con secreta nostalgia de los años y las experiencias heterosexuales pasadas y procedió con cuidado a desenrollarlo, enfundándolo a partir de una de las puntas y recordando el ritual que tantas veces había repetido en tiempos idos.

Mientras realizaba este parsimonioso procedimiento su imaginación y las fantasías desatadas habían producido una inusual lubricación en sus profundidades de tal manera que no hubo necesidad de utilizar la vaselina que ya había alistado para facilitar el procedimiento que planeaba desde las horas de la mañana cuando vio por primera vez este maravilloso objeto en la galería.

Al principio y mientras lograba una dilatación adecuada de sus músculos vaginales, introducía y retiraba con cuidado el verde y liso instrumento. Pero después, todos los recuerdos vaginales se le vinieron en tropel. Pero no aquellos de los últimos años, radicados solamente en el pudendo, en los labios mayores y menores o en su clítoris, no.

Los verdaderos recuerdos vaginales son recuerdos de profundidad de dilatación de fuerza y de presión contra el cuello uterino, en fin, son recuerdos de posesión. Como les sucede a muchas mujeres, por primera vez tuvo conciencia de que su memoria sexual estaba ubicada en las profundidades de su vagina y entonces fueron veinte centímetros de cucurbitácea entrando con violencia y saliendo con prontitud, los responsables de un fenomenal orgasmo que resultó mil veces más excitante de lo que esperaba.

Los recuerdos inocentes del juego con el clítoris se borraron de un solo plumazo. Era una mezcla de dolor, soportable sólo en la medida en que era auto infringido, y de esa forma de placer que lograron nublar los sentidos y que produce pérdida momentáneas de contacto con la realidad.

Con la resaca posterior a esta monumental llegada, se sumió en una profunda depresión. Se repetía insistentemente, -y yo, ¿qué hago con Mariafer? si lo que yo necesito es una verga, yo no quiero comprar orgasmos.

¿Hombre o mujer? ¿Hombre o mujer?, Ese era el dilema que envolvía sus divagaciones.

En las mujeres encontraba satisfacción a una parte de sus necesidades, realmente necesitaba compañía, pero compañía quería decir caricias y las caricias conducen al sexo.  Pero Mariafer demostraba que no estaba interesada en el sexo.  Al menos con ella.

Cada día percibía con mayor claridad que, si bien al principio ella era poco menos que un trofeo que Mariafer había conquistado para demostrar que podía arrebatarle de sus manos a un hombre una nueva fémina, con el correr de los meses sentía que, más que eso, la relación se aceitaba con los recursos que proveía para ella y para su madre quien tampoco conseguía empleo.

La había conocido en medio de un triangulo bisexual propuesto por su propio ex marido quien quería satisfacer una vieja fantasía de verla a ella teniendo relaciones con otra mujer.  Allí descubrió la suavidad y ternura sin igual, del amor entre mujeres.

Una nueva sensación había llegado a su ya extensa colección de placeres disfrutados, la sensación de calor húmedo que produce el frote entre sí, de dos vaginas excitadas.  Y Mariafer abrió para ella todo un mundo de nuevas fuentes de placer inexplorado, en medio de las acrobáticas posiciones que hacen del amor de las hijas del Lesbos, una realidad.

En los últimos años, se había acostumbrado a hacer el amor por compasión, con hombre mayores impotentes.  Frotando su clítoris con sus penes flácidos lograba aceptables orgasmos, además de su eterna gratitud por esas pequeñas dosis de placer que los hacía sentirse vivos, ad portas de su ingreso definitivo a las sombras de la senectud.

En esas andaba cuando fue literalmente conquistada por una forma de amar completamente diferente a todas las que había conocido y experimentado con las decenas de amantes que había disfrutado comenzando con su propio padre.

Su primer recuerdo de infancia se remonta una mañana cuando recién cumplía los ocho años.  Su padre salía del baño y de manera intencional se abrió la toalla para mostrarle aquella cosa, de la que no recordaba su forma solo una oscuridad en esa parte de su cuerpo.  Esa misma oscuridad la perseguía en los momentos cruciales de su vida, tanto cuando renuncio temporalmente a los hombres, como cuando a partir de aquella mañana de mercado, añoraba un pene con todas las fuerzas de su alma. 

A su padre le gustaba ver correr la sangre cuando castigaba.  La afeitada para él era todo un ritual.  Y le molestaba cuando se afeitaba y alguien le hablaba o lo interrumpía.  A ella le daba mucho miedo acercársele cuando él tenía la barbera en la mano.

Con la misma correa de cuero con que afilaba la barbera, la castigaba a ella y a su hermana.  Ese maldito rejo siempre lo colgaba en la puerta del baño.  Aun está allí.  Lo odiaba pero en el fondo sentía que gracias a ese pedazo de cuero ella lograba comunicarse con su padre, porque después de los castigos seguían las reconciliaciones, las caricias con lo cual se abría la puerta para el placer.

 

 


Y comenzó a admitir que ella era una niña muy mala.  En la casa siempre le pegaban por jugar con basura, con arena, por ensuciarse la ropa.  En la escuela le pegaron por cosas que ella juzgaba como más tontas.  Las profesoras, incluida la directora de la escuela, le daban regla, la sacaban del salón,  se burlaban de ella por las costumbres tan extrañas que exhibía.  Disfrutaba intensamente del olor que producían los pedazos de bananos bien maduros cuando se los tiraba al ventilador.  Ella calculaba que después vendría el castigo de las maestras, que solo reportaba placer cuando mandaban a llamar a sus padres para que estos completaran en la casa la terrible reprimenda a la que tenían derecho.

Siempre creyó que ella era mala.  Por eso siempre jugo a ser diferente a las demás chicas de su misma edad.

Uno de sus recuerdos de la infancia, era el de su padre tocándole la vagina, bajándole los pantalones y lamiéndola.  Era muy rico.  Siempre lo disfrutaba.  Luego, cuando le comenzaron a salir los senos su padre se los chupaba.  Lo curioso es que nunca guardo rencores contra el por estas actuaciones.  Por el contrario, el recuerdo que predominaba estaba centrado en el supremo placer que tales envites le proporcionaban y que a temprana infancia la introdujeron en el mundo de los placeres adultos.

Su padre logro despertar el formidable apetito sexual que siempre mantenía y que buscaba satisfacer a como diera lugar.  Cuando conoció a Mariafer, hacía rato que en el debe de su contabilidad amatoria la cuenta había pasado de cien amantes o compañeros de cama, como solía llamarlos.

Nunca entendía porque los hombres con los que establecía alguna relación, cuando más enamorados se sentía, pretendían que los celos y el deseo de posesión exclusiva eran la mejor manera de expresar su amor.  Comenzando con su padre, todos siempre buscaban controlar su libido y limitar su capacidad amatoria que nunca había conocido límites, por lo menos hasta que Mariafer apareció.

Realmente fue ella la única persona que logro mantener su desenfreno por espacio de casi dos años, en medio de una tormentosa relación a la que se había sometido, inicialmente, por el extenso repertorio de posibilidades amatorias que una mujer joven, pero experimentada como ella, podía ofrecer y que cada día la sorprendía con cosas nuevas, pues a sus cuarenta años creía que ya lo había conocido todo.

Pero cuando el repertorio se fue agotando y la curva de las novedades entro en declive empezó a experimentar una terrible sensación de vacío, de carencia de amor, de afecto de estabilidad.  Por primera y única vez en su vida había decidido dedicar toda su capacidad amatoria a una sola persona, pero este barco de las ilusiones comenzaba a hacer agua.  Y a medida que su desencanto aumentaba también los intentos de control de su vida por parte de su pareja también aumentaba.

Lo contradictorio, lo inaguantable era que, a medida que aumentaban las escenas de celos, ella sentía que también aumentaba el desapego.  Dormían en la misma cama, pero sus relaciones se espaciaban cada vez más.  Y la intensidad de los pocos contactos que últimamente tenían era también menos intensa.

No había explicaciones racionales, solo reclamos airados, trastos quebrados e hijueputazos lanzados a diestra y siniestra.  Pero las actitudes, al principio imperceptibles, de su amante y el nuevo circulo de mujeres muy jóvenes de las que se rodeaba últimamente la hacían sentir vieja y arrugada con relación a Mariafer y sus nuevas amigas. 

Nunca logro entender que tipo de sortilegio podían contener los pepinos, pero lo cierto es que la decisión de retornar a su antigua vida, a riesgo de volver a padecer el azote de la soledad nació del contacto amoroso con esta apetitosa cucurbitácea.  Definitivamente había nacido para tragar hasta las profundidades insondables de su alma de mujer, muchas vergas, duras o no, pero al fin y al cabo vergas.

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El sábado en el Bar

Y allí estaban las dos disfrutando de su soledad, sin conocerse, en mesas separadas, Libélula en la barra y Miel cerca a la puerta, conmemorando la muerte de un amor lésbico de paso y la muerte de las culpas maternales heredadas como terrible antídoto contra las pretensiones de libertad.
 
Las dos estaban ensimismadas cada una en sus deseos, cavilando sobre sus experiencias recientes, masticando sus nostalgias y sus decepciones, al calor de unos tragos de ron santero, cuando de pronto, salta al fuero el tango de Enrique Santos Discépolo que  logró darle sentido y explicación a sus almas de mujeres.

« El mundo fue y será una porquería ya lo sé,
en el 510 y en el 2000 también
que siempre ha habido chorros maquiavelos y estafaos,
contentos y amargados, valores y doblés.

Pero en el siglo XX  es un despliegue de maldad insolente ya no hay quien lo niegue, vivimos revolcados en un merengue y en mismo lodo todos manoseados…

Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor,
Ignorante, sabio o chorro, generoso estafador,
Todo es igual, nada es mejor,
Lo mismo un burro que un gran profesor.
No hay aplazados, ni escalafón,
Los inmorales nos han igualado.
Si uno vive en la impostura
Y otro roba en su ambición,
Da lo mismo que seas cura,
colchonero, rey de bastos,
cara dura o polizón.
Que falta de respeto,
Que atropello a la razón,
cualquiera es un señor,
cualquiera es un ladrón…

Y en medio de esta tonada porteña lograron encontrarse la voz sublime y límpida y miel y el vozarrón ronco y destemplado de Libélula, tarareando a grito herido este cambalache en que se había convertido la vida de los centros urbanos como Cali.  Que realmente no era diferente al cambalache de la vida de mujeres al que sus almas habían logrado escapar.  Y la vida seguía y la noche avanzaba inexorable y la canción continuaba,

 « Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches
Se ha mezclado, la vida
Y herida con un sable sin remaches vez llorar
La biblia junto un calefón.
Siglo XX cambalache problemático y febril. 
El que no llora no mama y el que no afana es un gil…

 

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