Romances del Displacer

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I
INTROITO Y STRESS

Era su canto diario, tan pronto como aparecía Renard para perturbarle el necesario descanso:

“Estas ahí plantado, ridículamente plantado,estorbando mi camino.
Bien quisieras compartirme, poseerme.
Pero no eres más que eso que estorba mi camino”.

“Si, estoy aquí plantado, pero en la tierra, en la vida, no en tu camino.
Mirando el cielo, añorando mi mañana, tan radiante en un comienzo y tan de improviso oscurecida; sin siquiera completar la prima hora.
Todo fue frío después y tinieblas.
Oh! Nube, nube, nube.
¿Por qué le quitaste el sol a esta mañana de mi vida, que tan prometedora aparecía?
Nube, nube, nube,
colchón de los sueños que salieron de mi cabeza para buscar sosiego,
cae!
Devuelve mis esperanzas. Riega la tierra con ellas.Tan cerca estas... pero tan lejos,
cae!
Que tapas mi horizonte a Rigel, a Venus, a mis estrellas y a la tarde que me da piel.
Nube, nube, nube.
Qué gris estas, qué lista estas,
cae!
Mi calvaria te espera madre adoptiva, devuelveme los sue ños que no son tuyos”.

Pero a pesar de despertar cada mañana, Renard aparecía de nuevo en la viniente noche. Oh! Terrible sueño obsesivo. Sin mediar palabra, así de improviso aparecía. Tendido en su cama haciéndole el amor, cuan verde era, cuan duro era. Con todas sus fuerzas rechazábale. No era posible hacer el amor, ni siquiera en sueños, con un árbol. Pero sus deseos eran más poderosos que la razón. Terminaba convulsa en orgásmicos temblores. En sueños húmedos de los que luego se avergonzaba y por eso a nadie comentaba.

II
INTERMESSO Y PLACER

Pero de pronto, cuando menos lo pensó oh! Descanso...
En los rigores del último invierno, Renard no apareció. Anaid pensose, de tan espantosa pesadilla liberada.
Fue precisamente el 21 de marzo de ese año cuando conoció al General Grant. Fue breve el abordaje. ¿Acaso no había vivido los últimos meses en medio de vergonzosos y húmedos sueños, irracionales por completo, que le quitaban la posibilidad de pensar normalmente en hacer el amor con el hombre de su gusto? Pues se presentaba la oportunidad, ese apuesto general.
Más que agradarle, lo deseaba, - ahora sí, no solo en su razón, también en sus deseos -, desde que lo encontró en el metro.
Después de haber cenado en lo de Michel, en la Rue Saint Pierre, se encontraban los dos en el departamento del General.
Lucía extrañamente lujoso. El olor a plantas verdes, a bosque, dominaba la estancia. Y sin saber por qué, comenzó a inquietarse. Brindaron con un buen cognac a la amistad, a la buena comida y a lo que viniera después. Pero ese maldito olor! Esas plantas, esos pequeños árboles de bonsay le restaban fuerza al placer de aquella noche.

 


III
FIN DEL INTERMESSO

21 de marzo. Ya no todo es potencia. Ahora todo es vida, renacer sueños que inician su realización, la primavera da muerte por fin al moribundo invierno. Es el triunfo de la vida sobre la muerte.
“Mi lecho llenas, mar en mi copa; tu tormenta, zozobrar mi barca, amenaza.
Y POR FIN DESCIENDES,
OH! NUBE, NUBE, NUBE.
Cuando desde los sueños te pensaba, muchas cosas
venían a mi mente. A veces - hubo días -
en que te vi como la tierra que debe ser arada
para luego sembrar en ella un hijo.
Como la tierra que conservará mis semillas y tus propios brotes
que florecerán en mi corazón.
Caminar quería por tu tierra, saber que tu perfume sería mi aliento.
Caminar quería junto a ti, bajo el aroma de las camias
y regocijarnos estación tras estación.
Sembraré ahora en ti buena mies, para que de tu cuerpo brote vida nueva
y de tu alma todo lo bueno y lo grandioso que puedes producir.
Para sembrarte limpiare las malezas que ahogan tu espíritu
impidiendo buena cosecha.
Te araré buena tierra mía, y esperaré pacientemente
a que mi siembra de fruto”.

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IV
EPÍLOGO Y ODIO PLACENTERO

El General Grant cobró por fin su verdadera esencia ese 21 de marzo, en que como siempre se le da la gana aparecer a las primaveras de todos años. Llegó de nuevo a la vida con todos los demás de su reino, con todas las secoyas del mundo. ¿Acaso él, el General Grant no era la secoya más alta de la tierra? Ya no sería solamente Renard. Y además había encontrado tierra fértil.
Y con toda esa especie de terror que penetra hasta el fondo del inconsciente para unirse al masoquismo más ardoroso y frenético, sentía Anaid que una larga y dura rama la penetraba una y otra vez. Y veía y olía y sentía de nuevo a Renard, como siempre lo había odiado, como siempre lo había deseado, como siempre lo había temido, como siempre lo vio en sus sueños húmedos; pero ahora era real. Y aprendió, sólo hasta ese momento, en que esas cortantes hojas le daban en  el rostro hiriéndola, en que esas otras ramas laceraban su cuerpo, acariciándola, ahogándola, matándola deliciosamente, que el odio es la misma cosa que el deseo, que para poder odiar verdaderamente, es preciso desear infinitamente y que el deseo es el odio más infinito, es el desprecio más sublime.
Y allí estaba ella con su General Grant, con su Secoya, con lo siempre deseado, con lo infinitamente odiado, con lo siempre esperado. Era ahora tierra y estaba siendo arada y sembrada. Y cantó resignada a su destino:
“Dispuesta estoy para ser horadada.
Arráncame el espacio que necesitas para germinar,
mies siempre esperada, soy tu tierra, germíname...
Ramsés te espero cien años General Grant
y murió.
Yo muero par vivirte siempre
y siempre después...”
Y quedó allí en la cama, desangrándose, muriendo. Los rasguños y heridas que diagramaban su cuerpo eran surco, tierra arada y lista para dar fruto en esa su última primavera.

 

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