Miel

big

Aquel jueves…

En el momento en que entonaba el dominus tecum… del Ave María de Franz Schubert, sintió que una enorme catarata se abría paso a empellones entre sus piernas. En pleno éxtasis musical había obtenido un fenomenal orgasmo. Todos creyeron que no había aguantado las ganas de orinar. Y en medio del bochornoso acto buscó refugio en el baño pero no para lo que todos creían. Simplemente se dedicó a terminar con sus dedos este lied del gran maestro austriaco.

Para cualquiera otra mujer este era un incidente extraño, inexplicable. Pero para ella era absolutamente normal. Asociaba la música y el canto con el placer sexual.

Inexplicablemente, ese día, a medida que transcurría la misa, también pasaban por su mente, como en cámara rápida, los principales acontecimientos de su vida íntima que justo ese día completaba diez años. Todos los recuerdos se derramaban a borbotones y su caprichoso vientre había combinado y confundido emociones aparentemente distintas, pero que para ella, por igual, implicaban contracciones ventrales; la emoción que le producía escuchar su propia voz, el efecto que causaba ante quienes la escuchaban, con los recuerdos musculares del jueves anterior.

Cantaba desde la edad de nueve años, inicialmente bajo la tutela de su madre, antigua profesora de música en las escuelas de primaria del Estado, quien fue su primera maestra y había ingresado al coro de la Iglesia desde la edad de quince años. ¡Ah! Los quince años, cuando la vida se le partió en dos. Ese año y el día en que los cumplió aparecían en su memoria como una gran puerta ambivalente. A la vez que significaban la entrada a la luz y al goce, también eran el signo de la privación, de lo prohibido, el inicio de la era de los placeros clandestinos y por lo tanto, prohibidos y pecaminosos.

El día en que cumplió sus quince años quedaría marcado para toda su vida, pues todos los avatares de mujer adulta le llegaron de improviso, a empellones, tumbaron la puerta de su inocencia, sin mediar palabra y pintaron su existencia con sensaciones desconocidas, con nuevas  incertidumbres, con dolores acompañados de una infinita rabia que cada mes le hacía maldecir su ser de mujer, hecho de módicas cuotas mensuales. Con culpas ajenas que aun hoy, diez años después, no entendía por qué tenía que asumir como propias.

Ella, como todas las niñas de esa edad, podía traer a la memoria el día de sus quince años y evocar el ritual de la celebración con todas las incomodidades del vestido nuevo, los zapatos de tacones, la visita, por primera vez, al salón de belleza, para las faenas propias de toda mujer mayor, las uñas, el peinado y… ¡ah! la gran conquista, por primera vez podía ver, legalmente, su cara maquillada. Cosas comunes en la historia de los quince de todas las mujeres urbanas. Pero muy pocas pueden narrar que ese día, justo ese día “les vino…”, comenzó la maldición de todos los meses…! Y claro, la obligaron a colocarse medias veladas que le apretaban ese artefacto tan grande y tan incómodo que su mamá había comprado a las volandas en la tienda de la esquina y que  ese día, justo ese día, tenía que comenzar a usar, mes tras mes, por todos los años hasta el presente. Que se corría tan pronto caminaba o se sentaba. Su madre, como siempre todas las madres…! estaba más pendiente de que no manchara el vestido, que de cómo pudiera sentirse ella sosteniendo semejante zapallo entre las piernas.

Y es que desde la primera vez los sangrados eran tan profusos que la obligaron a pensar en toda suerte de estratagemas para asegurar que la toalla no se corriera y le manchara el vestido. Usaba pantalones apretados, se colocaba ganchos adelante y atrás, y rápidamente se dio cuenta que ser mujer representaría innumerables incomodidades para las que nadie la había preparado.

-Cuídese mija, cuídese… -, le repetían sus tías, su madre y su abuela.

Y “cuidarse” comenzó a significar que ya no podía jugar bolas, ni trompo, ni montar en bicicleta, ni subirse a coger nísperos en los árboles del solar. Ni dejarse descolgar calle abajo en los carros de balineras que tanto disfrutaba con sus hermanos y con sus amigos de la cuadra. 

-¡Corra mija, corra…! –Le recomendaba, para colmo de males, la sabiduría maternal, heredada de la abuela. Ellas estaban seguras que, para aliviar los dolores menstruales, tenía que correr varios minutos en el día. Y, entre más dolor tuviera, más tenía qué correr. En los primeros meses ensayó el remedio de marras en medio de los cólicos más tremendos que, a medida que corría, más se agudizaban. Hasta que comenzó a desafiar el mandato maternal. No volvió a correr. Pero para paliar un poco la lluvia de rayos y centellas que siempre esperaba de sus madre cuando la contradecía, esgrimió el remedio milagroso, y mucho más efectivo, que le habían dado sus tías ámbar y crisálida, las más experimentadas en las artes amatorias y en cosas de mujeres de su familia, el agua de canela caliente.

Cuidarse también significaba abstenerse de comer, entre otras cosas, aquellas frutas que por lo ácidas siempre había apetecido porque significaban parte de la valentía y el respeto ganado frente a los hombres. Sólo los valientes se atrevían a comer mango biche, limón o grosellas con sal.
 
Ese día de sus quince, claro, aun no estaba tan versada en las lides menstruales, todo era absolutamente incierto en esta nueva vida de mujer. Apretó tanto la maldita toalla higiénica contra sus partes nobles, que de la incomodidad inicial al caminar, pasó a una agradable sensación al sentarse y apretar los músculos de sus piernas.

Era tanto el placer que le proporcionaba este ejercicio que comenzó a reconocer las ventajas y los beneficios que una toalla higiénica de ese tamaño podía prodigarle a una inocente niña como ella. Habían llegado ya los primeros invitados a la fiesta y en fila iban entregándole los regalos, pero con cada presente que recibía, era más la incomodidad que el regocijo que todo regalo produce en los cumpleaños, al tener que pararse a depositarlo en el gran baúl adornado que su familia había destinado para colocarlos en demostración.

Cada vez que se paraba debía abandonar el placentero ejercicio del cruce de piernas. Finalmente estaban todos sus familiares y amigos  y pudo  quedarse sentada y concentrada en ese manojo de músculos y ligamentos que, a voluntad, iban y venían al encuentro con su clítoris.

Al poco rato comenzó a sentir el apremio y la necesidad de dar rienda suelta a algo que en forma inminente se le venía. Tuvo que subir rápidamente y encerrarse en su cuarto para tratar de terminar la tarea con sus dedos.

Fue la primera vez que experimentó el poder del útero contraído contra su vagina, en intermitentes espasmos que dejaron como rastro evidente un orgasmo con eyaculación. Por primera vez observaba con cierto estupor un enorme chorro de sustancia desconocida que se deslizaba entre sus piernas dejando en su sábana una deliciosa estela de placer.

También era la primera muestra evidente de que había pecado en materia grave. En lo sucesivo y por varios años tuvo que soportar el regaño y las amenazas del cura todos los primeros viernes de cada mes, cuando tocaba confesarse para poder comulgar y quedar en paz con dios y con su conciencia.

-Acúsome padre que he desobedecido a mis papás. –Era el pecadillo de todos los niños inocentes que aun no cometen pecados de verdad.

-¿Qué más hija mía?

-Acúsome padre que he dicho mentiras. –Bueno, igual, nada de raro.

-Si… ¿y?

-Acúsome padre que he tenido malos pensamientos. -Uf! Aquí comenzaba a calentarse la cosa. “¿Qué clase de malos pensamientos hija mía?”

–Con un amigo padre-.

Y allí proseguía la monserga. “Ya el demonio comienza a tratar de poseer tu cuerpo y no debes permitir que ese templo de dios se convierta en caverna donde el diablo manda y dispone a su antojo. Hija mía tienes que leer la vida de San Francisco de Asís, para evitar las malas tentaciones, porque el diablo siempre tratará de meterse en tu cuerpo y la puerta para hacerlo son tus pensamientos especialmente cuando estás sola y sin hacer nada… y eso hay que impedirlo. La pereza es la madre de todos los vicios”.

-¿Qué más hija mía?
-Acúsome padre que he realizado actos deshonestos… “¿Cómo? ¿Que… qué?” –Ya sabía yo que en esta parte del libreto, se desgranaba la descarga de regaños, reconvenciones y culpas. A través del anjeo que nos separaba en el confesionario, comenzaba a notársele al cura, la cara desencajada.

-Cómo así… ¿sola o acompañada? –También sabía que la respuesta a esta pregunta suavizaría un poco la situación, al menos hasta la confesión del próximo mes cuando, después de reiterar en el mismo pecado, definitivamente tendría que cambiar de confesor pues del regaño y del sermón pasaría a las amenazas y a inculpaciones mayores de las que salía sintiéndome como la mayor pecadora del universo.

-Sola padre…!

A estas alturas de la confesión, de todas maneras el cura había perdido la tranquilidad habitual y su compostura, la cara le había cambiado de colores y se dejaba venir con toda suerte de monsergas, regaños y amenazas sobre lucifer y todos los demonios que el día de la muerte la jalarían de los pies y la arrastrarían hacia el fuego eterno, si no se corregía, si no se arrepentía de verdad y dejaba esa costumbre tan mal sana y perniciosa y hasta perjudicial para la salud.

 

 

 

 



Era tan grave ese pecado, que todas sus compañeras del colegio especulaban sobre la tuberculosis que, como castigo de mi dios, podían padecer las personas que se masturbaban con frecuencia.

También podrían perder la virginidad, consecuencia que era de por sí la más grave de todas. Mujer que perdía la virtud, atraía sobre sí y sobre toda su familia la ira de dios. Era la responsable de todos los males y tragedias que en lo sucesivo sufriría su familia. De hecho, por muchos años, se sintió culpable por la muerte de su padre, ocurrida un año después y también por la crisis económica que sobrevino a este infausto acontecimiento.

Desde su más temprana infancia había aprendido a pensar, a sentir y a expresar sus emociones no como el común de los mortales, desde la cabeza para abajo, sino al contrario desde el vientre pasando por el estómago para llegar a su exquisita caja fonatoria. Era cantando como lograba percibir y tener claridad de lo que sentía, de lo que deseaba.

La mayoría de los días de sus últimos años de existencia habían pasado ante sus ojos de ámbar intenso, rutinarios y grises. Un poema, unos versos escritos en forma lujuriosa exaltando el cuerpo femenino, la excitaban. Esto bastaba para que su mente estuviera ocupada días enteros fantaseando imaginando cómo le harían el amor y cuantos orgasmos le podrían proporcionar.

Imaginaba su cuerpo besado dulce y mansamente, con los labios un poco calientes y la lengua espesa, la respiración densa y pesada de su hombre corriendo por su abdomen, su la espalda y sus pechos. Por su mente pasaba su amante imaginario embriagado de locura y ella con un poco de sincero pudor, sentía en su imaginación el goce de la pelvis de su amante rozando contra la suya, con movimientos lentos pero fuertes.

Lo imaginaba único. Por momentos su amante sólo era un delicioso ramillete de dedos agarrados como pequeñas sanguijuelas acariciando y apretando sus muslos. Y los sentía como lapas temerosas que con torpeza encontraban su vagina.

¡Oh! Magia prodigiosa del amor prohibido. De los dedos sólo quedaban unas yemas que con temor  avanzaban y la excitaban, sin poder discernir si la fuente de su excitación era el contacto con aquellos capullos, que afanosamente se abrían paso entre sus entrañas buscando retoñar en raudales de placer o era aquel cuerpo caliente, cuya respiración la avasallaba o quizá era la sensación de temor que inspiraba en aquel conquistador que colonizaba sus entrañas.

Siempre había gozado con las reacciones que su natural coquetería provocaban en los hombres que a diario la rodeaban. Gozaba sintiéndose observada, deseada, pero nunca conquistada.

Intuía que la aparente imposibilidad de conquistarla elevaría  considerablemente el precio que algún día cobraría en pesos de placer y de lujuria. Estaba segura que, quien con mucha dificultad colonizara su cuerpo, tendría en mucha consideración el objeto conquistado. Lo valoraría como una exótica joya que sólo se exhibe en ocasiones especiales, que no se guarda en cualquier cajón al alcance del primer vagabundo del amor que quiera robarla.

Lo imaginaba lamiendo sus pequeñas uvitas, calientes y erectas; con ansiedad como si se le fueran a escapar. Imaginaba la humedad pegajosa en su amante imaginario, mezclándose, tal vez, con la lubricación de la zona oscura de su vientre. Lo imaginaba desnudo y ella por supuesto errática, con la mirada perdida o tal vez fija en sus atributos de macho cabrío. Lo imaginaba sobre ella; ella sobre él, o talvez ninguno encima de ninguno. Perdidos en medio de un extraño sopor. Lo imaginaba de la forma en que sólo ella podría imaginar. Lo imaginaba besando sus labios, orondos y llenos de deseo, sin principio ni final.

El estruendo del reloj de péndulo de la antigua casa de sus padres, anunciando las dos de la tarde de ese jueves, la sacó de estas excitantes cavilaciones y le anunciaban que si quería volver realidad todas estas fantasías debía apurarse. Se dispuso a bañarse para cumplir la cita.

Siempre que se bañaba, sentía que las gotas de agua, como aguijones placenteros, caían sobre su hermosa piel canela, en un largo y lento recorrido de ardiente sensualidad hacia la zona abisal donde se confunden todas las emociones del universo. Era un pausado paseo erótico. Un ritual de todos los sentidos concentrados en la piel.

Los ojos de sus senos se contraían enervados ante la espera inútil. Todo su cuerpo, toda su piel era un enorme dispensario de goce solitario y descansado. Sin afanes lo sentía, sin afanes lo gozaba. Con toda la complicidad del tiempo.
Allí en ese espacio de circunstancias, poco importaba Andrés, el antiguo amor de su vida, aquel que la había hecho levitar con cada experiencia alrededor de todas sus cavidades. Tampoco el amor furtivo y otoñal de Cristóbal, quien fue capaz de conquistarla en un almuerzo y a los pocos días le había permitido cabalgar sobre su vientre en la bodega de su almacén.

Pero esta vez el baño tenía una prisa inusitada, porque era su primera cita después de casi siete meses sin actividad sexual diferente a la que a diario se prodigaba a sí misma. Debía lavarse muy bien pues ya sabía que la diferencia con las mujeres muy jóvenes o novatas es que estas no guardan ciertas precauciones en el aseo íntimo e inhiben a sus amantes de realizar los ajetreos orales del amor y se privan a sí mismas de semejante placer. En el decir de los hombres el coño de las sardinas casi siempre huele mal.

¡No! Ella no podía dejar dudas sobre la pulcritud de su cuerpo y menos en su primera cita. Aunque a lo mejor su nuevo amante no tomaría este camino previo y tan necesario para una buena relación. Pero no podía arriesgarse.

El baño de aquel jueves, había producido algunos cambios en su talante. Era una mujer decidida a procurarse todo el placer que ella creía que merecía pero que también necesitaba satisfacer como fuera.

Su rostro no era capaz de expresar sus descomunales ansias de placer sensual, de piel y de entrañas. Sólo había una manera de saber qué era lo pensaba o lo que sentía. Abriendo la puerta de sus grandes ojos de miel.

Las primeras sensaciones las sintió en la escala de contralto. Sentía que su lengua voraz y abrasadora le recorría el cuello y se dirigía hacia la espalda. Era una sensación sobrecogedora que crispaba cada músculo a medida que aquel endiablado instrumento  descendía y cambiaba de dirección hacia su vientre.

A la altura del ombligo, los primeros gemidos de placer salieron desde su estómago en la escala de contralto. Eran casi ronroneos de gata en celo, en la tonalidad mas baja que cualquier mujer pudiera emitir.

Pero, sin previo aviso y contra todos sus presentimientos, comenzó a desandar su recorrido para tomar cumbre hacia los dos pináculos que consagraban su deliciosa esencia de mujer. Esa lengua maravillosa comenzó a revolotear por su areola acompasada por esos labios que, al principio y sólo de cuando en cuando succionaban con suavidad, pero que después terminaron aferrándose a ella como los niños hambrientos al nacer. Parecía que con cada embate se le iba un pedazo de su existencia, de su ser. Y desde allí se disparaban los más ardientes dardos de placer que, como descargas eléctricas, se propagaban por todo su ser.

A ciencia cierta no supo en qué momento la función cambió de escenario. Sólo atinó a darse cuenta que su mente estaba en blanco. Que los ronroneos de su garganta habían dado paso a sonidos más agudos. De contralto pasó a mezzosoprano y a soprano. Para ese momento su cuerpo ya era una flauta perfecta. A duras penas se percataba de que algo la hacía estremecer desde sus entrañas hacia arriba.

La faena era doble. Sentía erectos y convulsionados los ojos de sus senos, pero la actividad entre sus piernas la tenía paralizada en un solo éxtasis. Todas las sensaciones que le insuflaban aquellos labios y esa lengua maravillosa, generaban arriba esplendorosas sinfonías de lamentos y quejidos de placer en su prodigiosa garganta.

Finalmente se escuchó a sí misma en el nivel de soprano coloratura, sintió que un temblor sacudía todo su cuerpo, comenzando por las piernas, después el estómago y cuando alcanzaba el nivel de la nuca, era un verdadero terremoto de músculos y huesos moviéndose sin control. Había llegado al clímax acompañada de enormes eyaculaciones que a borbotones se disparaban por ese precioso geiser de placer en que se había convertido su vagina, a lo largo de orgasmos múltiples.

Cada orgasmo suyo era un verdadero canto a la vida. Su cuerpo entero en los momentos de suprema felicidad, respondía a las normas fisiológicas del canto en el cual se había iniciado desde los nueve años cuando aprendió de su maestra que la voz no nacía en la garganta, sino en el útero. Y la maestra insistía en que la conciencia plena de esto sólo la tendría en el momento del parto de su primer hijo, cuando lograra experimentar las contracciones para parirlo, después de un pujo profundo al final del cual se confunden el grito del neonato con el alarido de la madre en el momento de la expulsión.

Sin embargo estaba convencida que no había necesitado parir un hijo para experimentar la sensación del supremo poder del útero contraído.

Cuando todo acabó tuvo el impulso de retornar a su acostumbrada mirada flemática, de ámbar profundo, insondable, en estado de éxtasis o de supremo distraimiento.

Pero algo había cambiado dentro de su ser. Sentía que su cuerpo, sin control ni programación, se había acoplado perfectamente con el cuerpo y con las ansias de aquel hombre, lo había aceptado sin remordimientos.

Se sentía por primera vez emancipada de la montaña de culpas que su madre había colocado sobre sus hombros, como estrategia para soportar el duelo, para sobre llevar el dolor de la inesperada muerte de su padre. Sentía que había hecho el amor por primera vez.   A diferencia de los pocos que habían pasado por su vida, la había amado de verdad.

big

s